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Anécdotas curiosas: propias, ajenas y lemonesas
¡Qué cosas! Estas son algunas de las que me han sucedido...
Lo importante ¡Nueva! En mi vida he tenido varias
parejas y, entre ellas, varias convivencias. La mayoría de ellas eran en
principio partidarias de la convivencia hasta que un día, de pronto, les podía
la inseguridad y se buscaban cualquier excusa con tal de acabásemos casados. Yo
pienso que lo más grande que puede sentir una pareja es estar juntos, convivir
sin tener que dar explicaciones a nadie y estar juntos por esa fuerza que nos
une y no por haber hecho una promesa a un cura, juez, o capitán de barco... Con
una de mis parejas, con la que convivía desde el día siguiente a empezar a salir
(sus padres vivían lejos), me pasó algo curioso. Para ella era importante
que nadie supiera que convivíamos: ni sus padres ni sus abuelos. Decía: “si mi
abuela se entera, seguro que le da algo”. A mí me daba penita su abuela, pero
también tenía fuertes dudas sobre que se pudiera morir como consecuencia de nuestra
convivencia. Esa chica y no cambiamos de ciudad unos meses más tarde y
allí sí difundimos por fin que vivíamos juntos. Alguien se lo dijo a su abuela.
Mi chica de entoces fue a pasar las navidades al pueblo y su abuela se la llevó
a una esquina y le preguntó si era feliz viviendo conmigo. Ella, aterrada y sorprendida
por la pregunta, pudo decir un “sí” rotundo y su abuela le respondió: “pues eso
es lo importante”. Las gafas de moda
¡Nueva! Necesitaba unas gafas de sol
y no era una cuestión de estética, sino porque me acababa de sacar el carnet de
conducir y me molestaba mucho conducir de frente al sol. Me dijeron una óptica
donde podría encontrar gafas de sol preciosas y a buen precio. Me gustaron unas.
El óptico, un señor de unos cincuenta años, me animó a probármelas. Me gustó cómo
me quedaban. No tardó de comentarme lo que en teoría eran todos argumentos a favor
de su compra. “Este tipo de gafas las estoy vendiendo mucho porque gustan. Son
de moda. Son las que lleva la policía y, claro, todo el mundo quiere unas iguales”.
Yo admito que me quedé un poco perplejo con la frasecita: ¿todo el mundo compraba
aquellas gafas porque las usaban los policías? A mí no me hacía mucha gracia que
la gente me confundiera con un policía. La verdad es que estaba a punto de cambiar
de opción y buscar otras para probarme cuando el señor se acercó a por un expositor
publicitario y me lo mostró: “¿ves, son las que usan los policías?” No pude evitar
sonreír cuando descubrí en la imagen a los integrantes del grupo The Police mostrando
con orgullo unas gafas similares a las que, finalmente, decidí comprarme... Menudo
hotel de lujo... ¡Nueva! Hace unos años hice un viaje
de trabajo a la República Dominicana. Fue un viaje en que no paré un momento
para descubrir y disfrutar -como hacen los turistas- de la belleza de este país
apasionante pero sí pude comprobar la grandeza y calidez de sus personas.
Como en otras ocasiones que he sido invitado a congresos, seminarios o jornadas,
en este caso me tocó, nada más llegar a Santo Domingo, alojarme en un hotel de
superlujo que admito que no son los que más me gustan porque me incomoda la rigidez
en el trato y yo soy una persona sencilla, es decir, de pueblo. Este hotel es
uno de la cadena Meliá que hay frente al mar. Nada más llegar, me invadieron varios
botones deseosos de llevarme mis múltiples bártulos a mi habitación. Pero, por
algún motivo, la situación cambió días después cuando tuve que irme. Por mucho
que llamé a recepción, no me hicieron mucho caso y, media hora después bajé con
todo yo mismo –que es lo que habría hecho en un hotel normal y no habría perdido
el tiempo-. Pero había más sorpresas: cuando me van a facturar me cuentan algo
de que yo había consumido un botellín de agua del mueble bar refrigerado de la
habitación. Pero entonces no tuve que utilizar muchos argumentos para demostrar
que yo no había consumido ese botellín. Simplemente, el azar quiso que al vestirme
minutos antes se me cayera algo de debajo de la cama y al recogerlo me topé con
un bote de tomate frito igual que los que había en el pequeño refrigerador. Le
dije al señor de la recepción que era una vergüenza que administrasen tan mal
los recursos porque igual que algún empleado o visitante había sustraído esa bebida
–yo al menos no- se habían dejado aquel bote bajo la cama. Lo comprobaron en un
momento y me pidieron disculpas y todo arreglado. Te
recojo en el aeropuerto Mi jefe me pidió que, aquel día, en vez de ir
al trabajo, fuera a recoger a una persona al aeropuerto. Era una señora que venía
de Buenos Aires. Allí estaba yo, a su hora, esperando la llegada del vuelo que
venía de Madrid. Comenzaron a desfilar los viajeros y no parecía llegar la persona
que yo esperaba. Cuando pasaron todos los posibles candidatos, no quedó nadie
con cara de buscarme. Me extrañó. Poco después, sonó el teléfono. Mi jefe me llamaba
para preguntarme dónde diablos estaba, ya que la viajera había llegado y nadie
la esperaba. Me extrañó mucho y le dije a mi jefe que le diera mi móvil. Ella
no tardó en llamarme. Quedamos fuera, en la parada de taxis. Pero, cuando salí,
nadie estaba junto a los taxis, salvo, por supuesto, los taxistas. Esperé un tiempo
prudencial y, ante la falta de respuesta, volví a entrar. Mi móvil volvió
a sonar. Me dijo que estaba dentro, hablando desde unas cabinas que hay junto
a un bar. Muy bien. Dirigí la mirada hacia aquel lugar y vi a una señora hablando
en una de las cabinas. Ya la había encontrado. Le pedí que se diera la vuelta
y que allí estaba yo, pero, por mucho que la señora con quien hablaba por teléfono
me juraba que se había girado y allí no veía a nadie, la que hablaba por teléfono
en la cabina no se había girado. Todo era muy misterioso hasta que oí por el móvil:
“Pero, Juan ¿vos dónde estás?”. “En el aeropuerto, en el de Alicante, claro”.
Ella me respondió entonces: “¿En el aeropuerto de Alicante?, ¡pero si yo estoy
en el de Valencia!”. Después de llamar a mi jefe y contarle la situación tragicómica,
me hice las dos horas de coche y la recogí, por fin, en el aeropuerto de Valencia.
Las palabras viajeras Estaba estudiando
en Vitoria, recién comenzada la carrera y, en ratos libres, tenía el empeño de
publicarme un libro de poesía. Los iba tecleando, corrigiendo, y repasando. Sucedía
que a veces los dejaba un par de semanas sin trabajar. Un día llamé a casa de
mis padres y me dijeron que había llegado un sibre muy gordo y muy grande. Les
pedí que lo abrieran y me dijeron que dentro había muchos poemas “de los míos”.
Cuando llegó el fin de semana descubrí que era mi carpeta con todos los poemas.
Eran los originales y de la mayoría no tenía otras copias. Meses después, pude
publicar mi primer poemario Anónimo, en el año 1991.Me puse a investigar
qué había pasado y descubrí que un día, en la biblioteca de la Facultad de Filología
se me había olvidado la carpeta con los poemas y alguien que trabajaba en aquel
lugar me la había enviado porque, entre los poemas había un sobre con mi dirección.
Aunque lo traté de averiguar, aún no sé quién me fue. Si el azar lleva a esta
esquina de la red a esa persona y lees estas líneas: muchas
gracias. Frío frío Tras pasar una nochebuena
en casa de mi madre en Navarra, me disponía a bajar a mi casita en Alicante. Iba
por Teruel. Cada vez que me iba acercando a la capital “existente”, hacía más
frío. Mi coche no tenía calefacción y el chorro triste que echaba el motor era
más frío que caliente. El asfalto iba acumulando una capa de hielo preocupante.
La luna delantera del coche se empezaba a congelar. Traté de evitarlo poniendo
alternativamente las palmas de las manos en el cristal. No era un remedio muy
efectivo, la verdad. Seguí avanzando. Hasta aquel momento, había estado escuchando
la música del radiocassette, pero decidí cambiar y poner la radio. La primera
emisora que descubrí era Radio 5 todo noticias y en ese preciso instante, estaban
dando el parte del tiempo. La localidad más fría de España en aquel momento era
Calamocha, con 19 º bajo cero, justamente el pueblo gélido que estaba atravesando
en aquel preciso momento. Os aseguro que el momento peculiar en que viví todo
aquello fue frío frío. Al vuelo ¡Nueva! Estábamos en el caserío en que
vivían mis padres en el pueblo de Iurreta. Muchos de mis hermanos, sus pequeños,
mis padres, formábamos un grupo numeroso en aquel salón rústico con chimenea,
lugar que los vascos llaman el “txoko”. Mi sobrina más pequeñuja en aquel momento
era Isbea, apenas una ratita de año y pico que andaba poco y por ello se recorría
todos los rincones del lugar a gatas. En un momento dado subió por las escaleras
hasta el descansillo y siguió subiendo. Su carácter simpático le llevó a hacer
una gracia metiendo la cabecita por debajo del pasamanos. Yo no podía verla porque
estaba debajo de ella, apoyado en la escalera pero girado hacia la familia. En
un momento dado, en un instante, ví el gesto de quienes tenía enfrente de mí que
reflejaba una sorpresa trágica. En milésimas de segundo, me giré hacia mi izquierda,
extendí lo brazos de manera instintiva y cogí a Isbea al vuelo. Nadie se lo podía
creer y yo menos que nadie. Bego, la madre de Isbea cogió y abrazó a la pequeñurra,
pálida tras el susto. Ésta, me buscó por entre la gente, alargó sus bracitos,
dijo: “¡tío Juannnn!” y me regaló un hermoso abrazo agradecido e inolvidable.
¿Dónde están las noticias? Mucho más reciente que la mayoría de
las anécdotas propias que cuento es esta que me sucedió hace un par de años, ya
en Béjar (Salamanca). Estuve trabajando en la empresa de unos amigos que tenían
un canal de televisión local, gestionaban la emisora municipal y escribían la
página comarcal de un periódico diario. Yo comenzaba mi trabajo cada mañana en
la radio, haciendo un programa de dos horas de duración que se iniciaba con la
lectura de las noticias que habíamos escrito la víspera. Aquel día, llegué a la
emisora y no me aparecían las noticias en mi carpeta. Saludé al público y puse
un CD. Corriendo me fui a mi casa a ver si me las había dejado. Nada. Volví a
la emisora, volví a prometer las noticias y puse más música. Esta vez me acerqué
a la televisión y allí estaban. Sudando, llegué a la emisora por fin con las noticias.
Otro locutor más frío habría comenzado a leer como si nada hubiera sucedido, pero
yo, que no valgo para mentir, no pude hacer otra cosa que explicar todo lo sucedido
comenzando por la frase "¿a que no sabéis lo que me ha pasado?" Por
los pelos Yo era un jovenzuelo de menos de veinte años. Íbamos en coche
un amigo y yo a fiestas de Bermeo. A la salida de Guernica, encontramos un grupo
de chicas que hacían dedo. Paramos y una de ellas abrió la puerta del copiloto,
es decir, la mía, preguntó ¿vais a Bermeo, verdad? y la cerró bruscamente sin
darnos tiempo casi ni a responder. Al cerrar, a mí me pilló el flequillo con la
puerta y me quedé en esta posición un rato. Mientras, mi colega estaba hablando
con las recién llegadas que se ponían cómodas en los asientos traseros. Yo no
encontraba la manera de abrir la puerta y aquel rato se me hizo eterno hasta que
pude abrir la puerta y recuperar mi sufrida cabellera. La
política y las mascotas Íbamos paseando mi
pareja, su mascota y yo. Julia tiene un perro cocker en acogimiento familiar (lleva
así ya casi dos años). Es un perro listo como el hambre y muy ocurrente. Íbamos
por una calle oscura en unas fechas en que estaba terminando la campaña electoral
de las generales de marzo de 2004. De pronto, Gupy salió corriendo como loco,
ladrando a pleno pulmón -algo muy poco habitual en él-. Le seguimos y vimos cómo
se ponía ladrar iracundo a una persona con barbas que hacía como que sonreía en
un cartel que se había desprendido de una farola y se encontraba a ras del suelo.
Era Mariano Rajoy. Más adelante, había otra imagen similar que había corrido la
misma suerte, de José Luis Rodríguez Zapatero. Acercamos a Gupy y vimos
que no le despertó ninguna sensación, más bien indiferencia. ¿Fue intuición canina
acerca del resultado electoral o la prueba de que las mascotas también tienen
filias y fobias políticas? Clases muy
particulares Uno de mis oficios durante años
fue el de impartir clases particulares. Yo ponía anuncios y me llamaban para enseñar
desde pequeñajos de 8 años a estudiantes universitarios que se iban en verano
a algún país anglosajón. Una vez me llamó un señor y concretamos una reunión para
hablar. Tenía una hija que estudiaba derecho y necesitaba un empujoncito con su
inglés. Cuando llegué al bar en que habíamos quedado, me encontré a mi futura
alumna y a dos señoras (su madre y una amiga). No tardamos en hacer buenas migas
y quedamos ya para comenzar con las clases unos días después. Al llegar al piso,
me presentaron a un señor que era el padre de la chica. Yo automáticamente pensé
que sería quien me había llamado por teléfono y se lo dije. Se acercó la madre
y dijo: "No, fui yo quien te llamó. Es que tengo una voz muy varonil..." Os podéis
imaginar la cara que se me quedó, ¿verdad? Un
señor de pueblo me para a dedo... Iba con mi coche por un pueblo alavés
y, de pronto, me paró -os lo juro, él a mí- un señor que estaba haciendo dedo.
Me pidió que le llevara a la cercana capital y no me importó. Era un señor mayor
que iba con una bolsa de esas que se llevaban antiguamente con una telilla hecha
como de plástico con la que se transportaba gallinas o se iba de compras. Íbamos
en silencio cuando, me giré y ví que el acompañante no llevaba puesto el cinturón
de seguridad. Yo, que siempre he sido muy sensible hacia los temas de la seguridad
en la carretera, le pedí que se lo pusiera. Unos metros más tarde, me giré para
mirarle y me encontré con que el pobre hombre estaba hecho una bola con el cinto
enganchado en ambos brazos, cuello... Bueno, algo realmente indescriptible. Me
dirigió una mirada complaciente como diciendo "lo llevo puesto, ¿ves?". No supe
cómo reaccionar. Simplemente, esperé el momento en que llegásemos para que el
señor pudiera volver a respirar y yo dejara de aguantar una estruendosa carcajada
de sorpresa. Habitación en piso compartido
Me iba a cambiar de piso de estudiantes y tomé nota de varios
anuncios de pisos. Llamé a algunos de ellos y me hice una ruta de piso en piso
para ver cuál me interesaba más. Dado que uno de ellos no ponía teléfono, sino
una dirección, me pasé directamente. Me abrió un matrimonio de personas mayores,
muy amables. "Vengo a ver el piso". Ellos me fueron mostrando una a una, todas
las estancias del piso: el dormitorio de matrimonio, un cuarto donde solía dormir
su hijo más pequeño cuando venía de su casa, otro, más juvenil, al que solían
acudir dos nietos, y la cocina, el salón, el baño, etc. A mí no me parecía un
piso para compartir, la verdad y mucho menos de estudiantes. Los señores me iban
contando muchas historias sobre cada habitación, sobre su familia, sus hijos y
nietos. Por fin, les pregunté qué habitación era la que alquilaban y en qué condiciones.
Me dijeron que ninguna, de hecho, no habían puesto ningún anuncio. Se habían sorprendido
de que yo quisiera ver "el piso", pero me lo habían enseñado como si fuera la
cosa más natural del mundo. Cuando confirmé el nombre de la calle, número y piso,
descubrí que el que yo buscaba estaba en una calle paralela de nombre similar
a aquella en la que vivía la pareja tan cordial que me había abierto las puertas
de su casa. Curioso triángulo amoroso
Solía ir con poca frecuencia a una ciudad en la que tenía
una amiga. En su piso siempre había una habitación libre y era en la que yo dormía.
Un fin de semana, coincidí con su novio, a quien no conocía y con el que mi amiga
llevaba dos años saliendo. Incluso cenamos juntos los tres en el salón. Hasta
aquí no hay nada extraño. La semana siguiente, al llamar al timbre, me abrieron
en el portal y dejaron la puerta del piso abierta. Entré y, en una esquina del
piso, me tropecé con un chico que no esperaba mi llegada. Me dijo: "no me conoces
pero soy el novio de tu amiga". No se parecía en nada a quien yo había conocido
la semana anterior. En ese momento en que no sabía cómo salir del tema, llegó
mi amiga, que se quedó flipada. En una esquina, me contó que tenía dos novios,
uno con el que llevaba los dos años y el otro, que era con el que llevaba mucho
más tiempo, que era el que había presentado a su familia en el pueblo. Ni que
decir tiene que me quedé petrificado con una historia tan singular.
El robo involuntario Por
aquel entonces trabajaba en la Universidad de Alicante. Estaba con una compañera
del trabajo, dando un paseo por el campus y hablando animadamente, descubrí un
buen número de aparcamientos cercanos a mi lugar de trabajo y pensé que podíamos
acercar mi coche, que había aparcado muy lejos al llegar por la mañana. Nos acercamos
al vehículo, metí la llave en la cerradura y me pareció oír un ruido como de cierre
centralizado. "No puede ser"-pensé. Entonces, entré en mi asiento y me senté con
dificultad, ya que no cabía casi. Tuve que poner el asiento en su sitio, es decir,
más atrás, para que me cupieran las piernas. Mi compañera de trabajo, mientras
tanto, se había sentado a mi lado sin que yo le abriese la puerta. Pensé: "¿cómo
la habría abierto si mi coche no tiene cierre centralizado?" Me fijé que del espejo
interior colgaban unos muñecotes como muy juveniles y no dejaban ver mucho. El
cuadro de mandos de mi coche no era el de mi coche. Salí inmediatamente y le miré
la matrícula. Evidentemente, descubrí que me había metido en otro coche del mismo
modelo y color, pero que no era el mío. Por suerte no nos vio nadie y mi compañera
de trabajo y yo, como si nada hubiese sucedido, nos fuimos silbando una bonita
canción... La ancianita previsora
Aquella mañana, me levanté de la cama, desayuné, y salí de la casa rural.
El pueblo no era una maravilla, pero me puse a sacar unas fotos. Cerca estaba
el cementerio. Crucé el umbral y me encontré a una señora mayor, adecentando una
de las tumbas. Nos pusimos a hablar. Me preguntó si estaba bien la tumba de mármol
y las flores que acababa de añadir al conjunto. "Es mía", me dijo.- "¿Ve? La de
la foto, soy yo". Efectivamente, era ella. Un frío extraño recorrió mi espalda,
pero pronto supe más: "el mes pasado murió el Ceferino y no tenía nada preparado,
pero yo, en cambio, lo he dejado todo listo... La
"prueba" de la rana Esto que os cuento a continuación es rigurosamente
cierto, aunque no os lo creáis... Iba conduciendo por la provincia de Zaragoza
hacia el sur, camino de Alicante y, por la radio, no dejaban de decir que había
nieve en uno de los puertos de montaña que yo debía cruzar y que estaba cerrado.
Cuando paré un momento a comerme un bocadillo, llamé al teléfono de la DGT. Me
respondió la voz mecánica y femenina de un contestador, muy empática ella: "sí,
claro, muy bien, por supuesto..." . Yo le iba formulando la pregunta. De pronto,
me respondió: "no entiendo, repita su pregunta". Y de nuevo "sí, claro, por supuesto,
muy bien..." Y después "lamentamos no poder ayudarle". Apaga y vámonos... Después
vuelvo a llamar -es gratis- y le pregunto por el período de menstruación de la
rana y esta vez ¡hay suerte! y me facilita los teléfonos regionales de Tráfico
y finalmente llamando al de la zona que me corresponde, una persona griposa me
atiende encantado con una amabilidad impresionante. Tras la ayuda recibida, yo
le pido, al final que cuide su resfriado, él sonríe... El mundo está loco :) De
aquí a las Olimpiadas Entre los 13 y los 18 años fui atleta, pero
no de esos finolis que corren sólo en pista, con las zapatillas nuevas y sus amuletos
y su corte de pelo super fashion. No, yo era un atleta de los de Carros de Fuego,
sólo corría en carreras de cross, que en el País Vasco, y en invierno significaba
a menudo meter las pezuñas en casi medio metro de barro. Acababa de empezar a
entrenar con un equipo de un pueblo vecino y aquella era mi primera carrera con
ellos. Era la carrera de San Andrés que se celebra cada año en Usánsolo, el barrio
de Galdákano, en Vizcaya, en unas campas que hay debajo del Hospital. El
entrenador nos iba guiando en el calentamiento. Cuando quedaban diez minutos para
la salida, nos estábamos poniendo las zapatillas de clavos y quitando los chandals.
Se oyó por megafonía: "Atención, quedan cinco minutos para dar la salida a la
prueba de cadetes masculinos" y en ese preciso momento, sonó el disparo de salida.
Nosotros, sorprendidos, salimos corriendo para meternos dentro del recorrido.
Los demás, ya tenían puestas las zapatillas de clavos, pero yo tenía una puesta
y en la otra llevaba una zapatilla de deporte sin clavos. Con la cantidad de barro
que había, me teníais que haber visto, como un discapacitado, cojeando con la
diferencia de altura y de agarre entre los dos calzados... Llegué muy mal -de
los últimos-, pero, por suerte, los siguientes meses seguí mejorando en las carreras
con aquel equipo de amigos. Ya os contaré más anécdotas de atletismo otro día
:) El puente sobre el río que hay
y la Guardia Civil Iba conduciendo por una carretera que une San Adrián
y Calahorra a través de un puente sobre el río Ebro, frontera natural entre Navarra
y La Rioja. Allí es habitual que se ponga un control de la Guardia Civil que detiene
a su antojo a unos y otros conductores. Ese día, uno de ellos, me dio el alto
y me sucedió algo curioso y surrealista. Yo paré lo más cerca que pude y el policía
se aproximó a mi ventanilla. "Dígame, ¿qué desea?", me dijo. Yo me quedé extrañado.
"He parado porque usted me ha dado el alto", le respondí. "No, yo he levantado
el brazo para saludar a un amigo". "¿Puedo continuar?", añadí. "Sí, puede continuar",
respondió el policía y yo seguí mi camino sonriendo. Concursos
con trampa Los certámenes es muy habitual que terminen mal, para muchos
participantes. Y cuando digo mal, no quiero decir que no ganen, sino que exista
un tongo de campeonato. Yo tenía unos nueve años y un diario local (El Correo
Español, El Pueblo Vasco) había organizado para los niños/as un concurso de oficios
de primavera, es decir, había que hacer una entrevista a alguien que tuviera una
ocupación característica de esa estación. Yo preparé una maravillosa entrevista
a mi hermano Fernando, que trabajaba de talador de pinos. La sorpresa llegó el
día que se indicaron los ganadores: El primero fue ¡un pingüino! y el segundo
fue un texto en que se entrevistaba a un discapacitado (que no trabajaba). Me
dio mucha rabia, porque se tomó el pelo a quienes habíamos escrito y enviado una
entrevista y vimos cómo los primeros ganadores no se ajustaban a las bases. Desde
entonces he estado beligerante ante las injusticias demasiado habituales de los
certámenes. Exceso de puntualidad
Hace tiempo, cuando contaba contaba con 17 años, estaba buscando empleo y me llamó
la atención un trabajo en un camping durante un par de meses en verano. Cuando
hablé con el propietario de la empresa quedamos para hablar en una ciudad, que
estaba a diecisiete kilómetros de mi pueblo. Tomé el autobús y llegamos
un poco tarde. Para conseguir llegar puntual, aceleré el paso que me llevaba al
lugar de la cita y, pese a todo, llegué un minuto tarde. En el punto de encuentro
miré para todas partes y no aparecía el señor con quien debía hablar. Esperé un
buen rato y, a continuación, le llamé por teléfono. Se mostró muy disgustado porque
había llegado un minuto tarde. Le expliqué que el autobús me había dejado tarde
en la parada de destino y le pedí que nos reuniéramos en otro momento. El se negó
rotundamente diciendo: "no puedo contratar a una persona que llega siempre tarde".
Lo más sencillo, importa Cuando buscamos empleo, siempre
pensamos que los sesudos empresarios nos van a valorar por nuestras grandes hazañas.
Muchas veces no es así. Se suele contratar a la gente por los motivos más peregrinos,
como me sucedió en cierta ocasión. Conseguí un empleo de traductor. Ya llevaba
unos meses trabajando cuando un día estábamos hablando mi jefe y yo sobre los
curricula que se habían recibido para mi puesto. "Este era un fiera, mira, ¿ves?:
conocimientos profundos de informática, experiencia de años en el puesto, tenía
portátil, posibilidad de trabajar desde casa con sus equipos. Una maravilla".
Y así, uno a uno, me iba indicando las ventajas de cada cual. Todos eran magníficos,
mejores que yo en todo. No pudiéndome resistir más, pregunté a mi jefe porque,
finalmente, me habían contratado a mí. Sacó en ese momento mi currículum, donde
aparecía una única palabra en fosforito. "Te elegimos por esto". Cuando
me acerqué para ver la pequeña palabra remarcada me sorprendí: "poeta".
Aficiones frustradas Hace unos años leí un anuncio de un grupo de rock
que buscaba un vocalista. Yo tenía 18 años y muchas ganas de hacer cosas. Ellos
buscaban una persona con buena voz, que supiera tocar la guitarra y supiera inglés.
Yo, la verdad, ni tenía buena voz, ni había tocado una guitarra en mi vida y mi
inglés no era gran cosa, pero llamé y quedé con ellos. Cuando nos vimos, hablamos
y me hicieron una prueba de voz. Me dijeron que habían hecho varias pruebas antes
que a mí, pero cómo serían los demás cuando me eligieron a mí. No les importó
que mi voz fuera limitada, ya que iban a utilizar filtros de voz y medios muy
modernos para distorsionarla. Tampoco fue un obstáculo que no supera tocar la
guitarra, ya que ellos también estaban empezando. El inglés tenía remedio y, lo
que les ayudó a decidirse fue el hecho de que escribo y podía crear letras.
Después, cuando llegó el momento de la verdad, ni tuve dinero para compararme
la guitarra ni para los cursos para aprender a tocarla y, finalmente, tuve que
dejar este grupo antes del primer ensayo. Pero la gente de este grupo me demostró
que, cuando una persona quiere algo, lo menos que tiene que hacer es creer en
sus posibilidades y lanzarse a la piscina. El curioso anuncio
Esta es anécdota muy buena. Resulta que un día leí un anuncio en que necesitaban
un locutor de radio. Qué bien. Un trabajo muy agradable. Marqué el teléfono y
me respondió una voz amabilísima: "Vamos a ir una semana a Holanda. Estaremos
en hoteles de cuatro estrellas, con visitas a museos, con infinidad de actividades
lúdicas y no te preocupes por el precio porque es casi regalado, está subvencionado
por la Diputación". Qué contento me puse: aún no me habían contratado
y ya había un viaje fabuloso. De aprendizaje o para darnos un curso de formación,
pensé. Expresé mi sorpresa y alegría a la señorita tan amable y entonces me preguntó:
"No es para usted, ¿verdad? ¿Es para su padre o abuelo?" No, para mí. Le dije.
Entonces ella me aclaró que se trataba de unos viajes que había para los Niños
de la guerra, los que habían tenido que irse de España cuando llegó la Guerra
Civil. Por una curiosa casualidad, me había equivocado al marcar con tal suerte
que había llamado a otro anuncio. El azar y sus bromas. Mala pata
repetida Una noche estaba agotando mis últimos instantes en una discoteca.
Cuando me disponía a marcharme, me tropecé con un pequeño taburete acolchado que
había en el suelo y me dí un porrazo impresionante sobre la moqueta. había tanta
gente que pocos se dieron cuenta. Me levanté y me fui al coche. Cuando me subí
a él eché de menos mi cartera. Vaya, se me habrá caído cuando me he tropezado.
Volví a la discoteca y no estaba por allí. Pedí al pinchadiscos que diera un aviso
por si aparecía para que me la entregaran, pero me respondió que sólo anunciaban
las cosas que aparecían, no las que se perdían. Pues nada, con resignación
me quedé un rato esperando a que me avisaran del hallazgo de mi cartera, pero
sin suerte. Me disponía a marcharme cuando en ese momento eché en falta en mi
chaqueta mis gafas, que sólo las utilizaba para conducir y para leer. Volví al
lugar donde se encontraba el taburete asesino y, por entre la gente, estuve un
buen rato hasta que encontré las gafas con su funda. Tenía muchas huellas de haber
sido pisoteadas, pero, curiosamente, a pesar de ser unas gafas muy endebles y
la funda muy delgada, estaban en perfecto estado. Volví al coche y me encontré
en la guantera mi cartera que la había dejado antes de entrar en la discoteca.
Qué despistado. Acababa así, felizmente, una noche accidentada. El
pino asesino Entre los múltiples y variados empleos que he tenido hay
uno, cuando contaba con unos 16 años, que consistía en talar pinos en el monte,
con mi padre y mi hermano. Algo frecuente al cortar un pino era que se enganchase
con otro. Entonces, le dábamos unos empujones a ver si caía. Si no había suerte
e incluso con la fuerza portentosa de mi padre no caía, no había más remedio que
medir la distancia de un tronco y cortarlo. Yo, como era el más pequeño, me acercaba
con la vara de medir y mi padre, le producía un corte primero por encima, a pulso
y después, por debajo. El árbol cedía, se partía y muchas veces caía al suelo.
Un día topamos con uno de esos árboles testarudos que no termina de caer.
Le habíamos cortado ya dos troncos y se quedó en pié. Era un pino inteligente.
Entonces, casi totalmente vertical, comenzó a desenredarse del otro pino en que
estaba apoyado. Se fue soltando y tenía toda la intención de caer hacia arriba,
donde yo me encontraba. Cuando le vi las orejas al lobo, salí corriendo hacia
abajo. Mi padre y mi hermano me gritaban porque yo seguía en peligro. Me giré
y vi que el pino inteligente, ante su muerte segura, quería también la mía y se
dirigía ahora hacia abajo, justo hacia mí. Pegué un salto de gacela y seguí corriendo
cuesta abajo buscando ser más rápido que mi ejecutor. En ese momento ví que había
un corte en el suelo de unos tres metros y abajo estaba la pista forestal. No
me importó, dí un salto y caí horizontal en un charco de barro. Sentí el latigazo
del árbol que por suerte no me alcanzó. Suspiré de alivio, pero tuve que aguantar
las risas de mi hermano y mi padre por mi aspecto arcilloso y atemorizado tras
aquel momento que había tenido final feliz. Pupitas tiene pupas...
Odio los juguetes sexistas y, como tantas veces, ese odio tiene su origen en mi
niñez. Resulta que un día de navidad nos llevó mi hermano mayor a los cuatro hermanos
pequeños a un sorteo que organizaba una entidad bancaria. Teníamos una papeleta
por cada niño y por tanto muchas posibilidades de llevarnos algún regalo. Efectivamente,
así, fue. Nos llevamos dos: a mi hermana le correspondió un precioso monopatín
y a mí una misteriosa caja mediana. Cuál sería mi sorpresa cuando saqué de ella
una preciosa muñeca Pupitas. Traté de convencer a mi hermana de que me la cambiara
por el monopatín, pero, como es lógico, prefería su regalo. Fue toda una postal
mi llegada a casa cuando leí las instrucciones de la muñeca y su conocí su curiosa
enfermedad dérmica... Al final, mi hermana entregó en usufructo el monopatín a
mi hermano más pequeño y yo dejé la muñeca en el cuarto de mis hermanas para que
no se aburriera el resto de su eternidad junto a otras muñecas y peluches.
Ánimos solidarios Una amiga se empeñó en convercerme de que me
hiciera donante de sangre. Tantas energías le dedicó a ese propósito que lo consiguió
en pocos días. Así es que nos acercamos al hospital, me hicieron todas las preguntas
y pruebas de rigor y por fin se disponían a darme el pinchazo. Ella, tras el mismo
proceso, había recibido la noticia de que esta vez no podía donar porque tenía
falta de hierro. Pero aún tenía trabajo que hacer: se puso a mi lado de manera
solidaria y me animó: "venga, ya verás como no te enteras de nada...". Así
siguió animándome mientras una enfermera se me acercaba y ¡zas! me pinchaba introduciendo
la larga aguja. En ese preciso momento, mi amiga, se puso malita, se mareó y la
tuvieron que subir en otra de las tumbonas y levantarle las piernas. Yo seguía
tranquilo contribuyendo al progreso del mundo, abriendo y cerrando el puño como
me habían indicado. A unos metros desde su tumbona, más repuesta, mi amiga seguía
a lo suyo: "¿ves cómo no era nada? Muy bien, así me gusta: lo estás haciendo de
maravilla...". Flanes de sobre con premio Cuando comenzó
mi vida de estudiante universitario, me independicé y me cocinaba recetas que
me había enseñado mi madre y otras que me cotilleban unos y otros. Entre mis vicios
estaba en hacer unos maravillosos flanes de sobre. Mi madre me había dado varios
paquetes. Un día me fijé que en uno de ellos había una curiosa promoción: si les
enviabas tres códigos de barras, ellos te regalaban unos preciosos salvamanteles.
El único problema es que tenía tres, pero cada uno de una marca distinta. De todos
modos, estaba decidido a probar suerte: recorté los códigos de barra, y redacté
una carta a mano muy imaginativa, con una letra muy singular. Les conté que era
un señor mayor y que llevábamos toda la vida consumiendo sus maravillosos flanes.
Estoy seguro que a la persona de la empresa en cuestión que leyó la carta se le
ablandó el corazón y días después recibí el premio a mi creatividad...
La curiosidad y el Gran Hermano Teníamos un grupo de creación en Alicante.
Se llamaba Libelo y nos reuníamos dos veces por semana: uno en la Universidad
de Alicante y otro en una tetería. Allí intercambiábamos textos, ideas, propuestas
y poníamos en marcha actuaciones, publicaciones y recitales. Un día ví en Telecinco
que iban a poner en marcha un concurso y tomé nota del teléfono de información.
Llamé para que me dijeran de qué iba, pero me dijeron que sólo podrían hacerlo
si me inscribía y les daba mis datos. Vale. Así lo hice: les dí mi dirección,
edad y teléfono y me preguntaron qué haría con el premio si ganaba y otras cosas
por el estilo. Acudí a la siguiente reunión y les comenté de qué iba el concurso.
Un par de semanas después, me llamaron para decirme que había pasado la primera
fase y que había una prueba en un hotel. Allí me presenté el día y hora indicados
y rellené sin mucha fé los diferentes tests. Coincidimos en una mesa un grupo
muy cordial que nos gastábamos todos y todas muchas bromas. Después, a la salida,
nos grababan un par de minutos en una cámara de vídeo casera. Otras dos semanas
después me dijeron que me habían seleccionado. Quedábamos 150 en toda España y
4 éramos de las provincias de Alicante, Murcia y Albacete. Coincidí con una chica
que había estado en la mesa conmigo haciendo los tests. No estaba ya muy sonriente.
Me dijo que estábamos compitiendo y que no deseaba que yo ganara nada. Supongo
que la chica de las pruebas tomó nota de la actitud egoísta y borde de aquella
pelandrusca. Después de otro pilón de tests, nos grabaron más de 20 minutos con
la cámara Betacam, para ver si quedábamos bien. Yo estaba alucinando de lo
lejos que habían llegado las cosas, cuando yo sólo quería informarme por curiosidad
sobre aquel tema, pero aún quedaban más capítulos a esta aventura: me llamaron
para decirme que sólo quedábamos 50 y que tenía que irme a Madrid. De la mitad
seleccionaban a los diez que pasaban a entrar al concurso y los otros quince eran
suplentes. En la capital me guiaron con mucha discreción para que no viese a ninguno
de los otros participantes. Una psicóloga me preguntó si yo pensaba que iba a
ser un modelo para los telespectadores, siendo un joven de 30 años, sin carrera
finalizada, sin casar y sin hijos. Yo le dije que podía aportar mucho al concurso,
pero la verdad, aquella cebollina conservadora fue muy borde y desagradable y
no esperé grandes milagros de su análisis. El director era una persona más agradable,
de Bilbao, me dijo que él había apostado por mí, pero que la psicóloga tenía mucho
peso en la elección final. Tiempo después, me llamaron para indicarme que no me
habían seleccionado, me quedaba a las puertas del primer Gran Hermano, entre los
cincuenta finalistas, con la curiosidad de qué habría cambiado mi vida si hubiera
sido seleccionado. Lo que no me pase a mí... El perro que pica
Yo tenía 18 años y mi hermano Rober, el pequeño cinco menos. Íbamos por las casas
vendiendo huevos de caserío. Intentábamos vender tanto en bloques de pisos como
en casas independientes. Entre ellas había un caserío con una señora mayor, que
siempre nos compraba una docena. Mi hermano, subía las escaleras para llamar a
la casa cuando se asustó, al oír a un perro que salía de debajo. Poco le duró
el susto, ya que el animal era poco más grande que un ratón, le dio la risa y
se burló del cancerbero. La señora se asomó a la casa y avisó a mi hermano. "¡cuidado
con el perro, que pica!". Rober se sorprendió mucho por la expresión y me decía
cuando nos íabamos, que el perro era como las ortigas, "¡cuidado, Juan, que pica!"...
Siempre tan salao :) La visita escolar Otra anécodota de
la misma época y con mi hermano Roberto de protagonista. Me dijo que los de su
clase iban a Vitoria, donde yo estudiaba y cuáles eran los museos y lugares que
iban a visitar y quedamos en que nos veríamos. Yo esperé aquella mañana en un
sitio estratégico por donde pasaría el grupo, cuando, de pronto, los vi a lo lejos.
Sólo eran una silueta en la que no se podía identificar a ninguno, pero salió
de entre ellos uno corriendo tras las palomas. No fallé: era mi hermano.
El balón predestinado A mí, la verdad,
me han tocado muy pocas cosas en los sorteos. Una vez me tocó un balón. No era
una joya, pero lo quería mucho, porque tardé meses en conseguirlo. Iba a recogerlo
al lugar en cuestión y nunca lo habían recibido. Por fin, lo tuve entre mis manos,
deseando estrenarlo con tan mala pata que nos fuimos a un lugar de mi barrio que
tiene una huerta donde a menudo se nos caían los balones y el mío fue otro más.
Por desgracia, el huertano estaba allí y todos sabíamos que cuando cogía una pelota,
la expropiaba y la mía no iba a ser menos. Yo le pedí que me la diese, le insistí
y, finalmente, y por primera vez en su vida, aquel señor se disponía a dármela
con la promesa de jugar en otro lado, pero el balón lanzado no quiso llegar hasta
mis manos, se quedó clavado en un pincho de la alambrada y se vació de aire. No
sabéis lo mal que me sentó. Le llamé de todo a aquel señor, enfurecí y me puse
del hígado porque, para una vez que conseguía algo, la mala suerte me lo arrebataba
de aquella manera. Buscando caracoles Los caracoles no son
animales muy peligrosos. Ni hay que ir provistos de casco, ni son necesarios guantes
o gafas proyectoras, pero, como quien esto escribe es un poquito gafe, hasta esta
caza inofensiva puede ser más peligrosa que una ventura de Indiana Jones. Íbamos
dos: mi amigo Quico y yo revolotenado las ramas, hierbas en busca de caracoles.
Llegamos un lugar con rocas y Quico se subió a unas que había. encontró muchos
caracoles y me los iba dando. Levantó una piedra enorme que se deslizó y cayó
sobre mi pie derecho. Tenía forma de diamante y el pico de debajo es lo que cayó
sobre mi extremidad. Me hizo un daño enorme. Salí corriendo a la pata coja casi
doscientos metros, me quité la zaptilla y metí el pie en un charco, ya que me
abrasaba. Después, me llevaron al médico, me hicieron unas radiografías y, como
no había nada roto, me pusieron un vendaje un par de semanas ¡y listo!
La comadreja Hoidini Éramos un grupo de niños del barrio, de 7 u 8
años. Encontramos un animal muerto, pequeño, como una rata, que no conocíamos.
Era una comadreja. Nos dedicamos a preguntar a los mayores sobre este bicho. Unos
nos decían que era bueno porque comía ratoncitos e insectos y otros que era malísimo
porque arrasaba los gallineros. Hubo alguien que nos dijo que tenían una propiedad
muy misteriosa: cuando los entierras, por arte de magia, desapararecen. Nosotros
no sabíamos si creernos esta última historia y, como éramos escépticos, planeamos
darle un entierro de lujo, con unos azulejos que iban por debajo y por todos los
lados. Después, pusimos encima una serie de señales y lo cubrimos todo. El lugar,
lo llamábamos La montaña rusa, era en realidad una montaña de tierra que habían
puesto allí cuando realizaron las excavaciones para los cimientos de los bloques
en el barrio. Esperamos unos días y procedimos a desenterrar a la comadreja. Estaban
todas las señales secretas que habíamos puesto, pero quien no estaba -no había
ni rastro-, era la comadreja que se había evaporado misteriosmente.
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