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Anécdotas propias, ajenas y lemonesas

Lemona, el pueblo de mi infancia, me proporcionó grandes momentos...

El amigo pillo ¡Nueva!
En todos los grupos hay una persona más picaruela de la cuenta. Cuando éramos niños, en mi barrio, en el grupo había un amigo que era muy pillo. Entre otros singulares pasatiempos, solíamos jugar por la noche al escondite en un maizal. Era muy divertido pero muy peligroso a la vez. El maizal estaba rodeado de bloques de pisos de cinco alturas y a menudo salía alguien avisando de que había llamado al dueño del terreno. Este amigo tan peculiar no tenía muy buen perder y muchas veces cuando le apetecía, salía del maizal cuando todos estábamos escondidos y empezaba a gritar los nombres de todos los demás. Os podéis imaginar el acojono con que salíamos corriendo despavoridos. Se encendían las luces de los pisos y empezaban a decir que iban a llamar a los dueños y que conocían nuestros nombres. Con un amigo así, nadie necesita un enemigo, ¿verdad?

Aquí Radio Andorra ¡Nueva!
Uno de los recuerdos más dulces que tengo de la infancia en Lemona era muchas noches, cuando llamábamos por teléfono a Radio Andorra, una emisora que sólo se oía por las noches. Se podían pedir canciones con dedicatoria y ellos las ponían de tres en tres. Ello facilitaba en un momento dado el poder grabar las que te gustasen más. Solíamos quedar en un portal con unos amigos y allí escuchábamos las canciones y grabábamos las que más nos gustaban. Era la época de Grease, los Bee Gees y compañía y aquellas noches de buena música y buenos amigos en el barrio de Inzunza de Lemoa no son de las que se olvidan.

¡Ya vienen los kinkis! ¡Nueva!
Había un grupo de kinkis motorizados de un pueblo vecinoque eran el terror de la comarca, con sus greñas y su aire de vikingo. El barrio Inzunza de Lemona, donde vivíamos, fue durante muchos años el que mejor organizaba la fiesta de San Juan no sólo por la calidad de sus actividades (con cine, sardinas, juegos, chocolate, fuegos artificiales, música, etc.) sino por quemar siempre la mayor hoguera. Aquel año estábamos muy orgullosos de nuestra montaña de trastos. Pero dos días antes de la noche mágica llegaron los famosos kinkis y le dieron fuego. No os podéis imaginar la desolación que nos recorrió a todos nosotros, los niños y niñas del barrio. Al día siguiente, nos reunimos para analizar la situación y decidimos volver a crear la hoguera. En menos de 48 horas ya había una incluso más grande que la anterior. La noche antes del solsticio, tuvimos que dejar a gente cuidando por las noches por si volvían los incendiarios. Al final todo salió de rechupete y nos pasamos una noche de San Juan fabulosa, es decir, que, como estáis pensando salió todo igualito igualito que en las felices películas americanas.

Halloween, o sea, la calabaza
De pequeños, afortunadamente la invasión "incultural" de Estados Unidos no era tan acentuada. No existía, por ejemplo eso de Halloween. Pero nosotros teníamos una costumbre muy curiosa que habíamos sacado sin duda de alguna película: como el barrio de Inzunza estaba rodeado de maizales en los que los aldeanos plantaban también calabazas, cogíamos una la noche anterior al Día de Todos los Santos y la vaciábamos. Le quitábamos dos triángulos a modo de ojos y otro, mayor, que hacía de boca. Le poníamos una vela dentro y hacíamos un viaje, por todo el barrio al anochecer y espantábamos a los pequeñajos, que corrían como si hubiesen visto la Santa Compaña.

Emergencias...
Cuando yo era un jovencito, un día tuve que ir al médico. En la consulta, en Lemona, la sala de espera estaba completa y me decidí a aguardar mi turno fuera, a la entrada. Hacía mucho calor y yo me encontraba en pie, apoyado en el buzón que se encuentra en la hoja de la puerta que no se abre. Iba pasando el tiempo y seguía teniendo mucho calor. Llegó un señor y nos saludamos, mientras él subía las escaleras, me desvanecí de repente, cayendo sobre mis pies. El señor, de nombre Talento, tuvo los reflejos de cogerme al vuelo y me llevó dentro. La gente se alborotó, pero nadie me permitió entrar en la consulta en un hueco para que me viera el médico. Había un asiento libre en la sala de espera y allí estuve hasta que me llegó el turno. Lo triste de la historia es que aquel señor fue la única persona de todo aquel grupo que se portó con humanidad. A nadie le salió dejarme entrar por si el mareo hubiera sido algo grave. Cosas que pasan. Yo, como siempre, me quedo con lo bueno: gracias, Talento.

El río que nos lleva
El barrio donde yo viví hasta los cinco años se llama Iturritxe, que significa lugar de fuentes. Allí era difícil aburrirse por la gran cantidad de diversiones que había en el entorno, rodeado de montes y arroyos, y porque, al ser ocho hermanos en la familia (el pequeño estaba de camino), teníamos siempre buenas ocurrencias y aventuras. En aquel barrio se juntan dos ríos: el Ibaizabal (que significa río ancho en euskera) y el río Arratia que da nombre al valle. El Ibaizabal era más sucio y muy contaminado. Bajaba siempre cargado de balones (no siempre pinchados), juguetes de todo tipo y hasta triciclos. Todo lo que no servía a los habitantes de sus orillas era el río quien se lo comía.

Nosotros éramos unos recicladores de campeonato y dábamos uso a muchos de aquellos artilugios. Incluso aprovechábamos que el río solía traer semillas de hortalizas que había robado de las huertas en épocas de crecida y que, en primavera iban germinando en las orillas. De allí tomábamos pimientos, tomates, alubias, etc y lo transplantábamos a alguna de las chabolas que construíamos en el monte con cuatro palos y, sobre todo, con mucha imaginación.

Susto en la cumbre
Se suele decir que uno es el resultado de las experiencias que vamos acumulando y muchas de ellas se producen en la infancia como la que voy a contaros. Yo tendría unos diez años y me encantaba el monte desde chico. Íbamos en una excursión por la zona de Belatxikieta donde existen varias montañas de blanca caliza que suben todos los fines de semana muchos amantes del montañismo. Habíamos subido la primera cumbre y, ante nosotros había un inmenso desnivel formado por rocas inmensas y, después otro de los picos. A alguno de los monitores de aquel viaje se le ocurrió improvisar una carrera hasta la cima. Casi todos estábamos al mismo nivel y nadie contaba con ventaja.

Entonces me puse a brincar entre las rocas en busca de la meta. Había que zigzaguear con mucho cuidado e inteligencia para no quedarse encerrado entre las paredes y no perder tiempo en dar la vuelta. Así, íbamos subiendo y, a pesar de mi pequeñez, llegué el primero a la cumbre y, en ese preciso momento, sentí un ruido infernal que subía por la otra parte de la cumbre. Pasó frente a mí y pude verlo en un instante inmenso e implacable: la panza de un enorme caza me mostraba los números y pintadas y símbolos que llevan. El avión se elevó hacia arriba en vertical acelerando y unos segundos después hizo un ruido mayor aún que los monitores definieron después como la entrada en la velocidad del sonido. El susto que me llevé me indignó tanto que, puede que por eso, después me haya convertido en un antimilitarista nato de los pies a la cabeza.

Medios tacos
Mi madre nos pidió a mi hermano Andrés y yo que fuésemos a comprar unos conejos al cura del pueblo, Don Manuel. Ya habían hablado y quedado por teléfono. El momento indicado llegamos a la casa cural de Lemona y nos recibió, como siempre, llamádonos por el apellido en plural, o sea, Cuadros, al fin y al cabo, éramos nueve hermanos, ¿no? Bajamos las escaleras que dan a las cuadras. Había como pequeñas habitaciones con heno en el suelo y corrían a su libre albedrío los conejos. Don Manuel, se acercaba a uno de ellos y, cuando los tenía a tiro, se tiraba como los porteros, en plancha a coger a los animales. Casi siempre fallaba y decía alterado gritando: "¡me ca... en di...!". Mi hermano y yo nos mirábamos alucinados sin comprender aquel mensaje en clave: "¡me ca... en di...!". Ya a la salida, con el saco de conejos, desciframos el significado de aquellas sílabas que eran el recorte de "me cago... en dios..." Hay que ver lo que tienen que hacer los párrocos para evitar el pecado...


Curiosa pesca...
A mi hermano Andrés y a mí nos encantaba ir de pesca. El río era un lugar fresquito donde cantaban los pájaros y, como nos llevábamos la radio, el bocata, zumos, refrescos y hasta postres, era el conjunto lo que nos gustaba. Además, como estábamos con la "edad del pavo", nos echábamos nuestras risas con cualquier cosa. Un día estábamos llegando al río cuando vimos a un pajarillo que volaba poco. Teníais que vernos corriendo por aquel monte tras el pobre volador. Tras un buen rato, lo cogimos y no sabíamos que hacer con él. No teníamos ningún lugar donde meterlo, así es que, como habíamos llegado, nos dimos la vuelta con el curioso botín. En el barrio, de vuelta, se formó un gran revuelo cuando mostramos a los otros chavales nuestra curiosa pesca...

Los grandes pescadores...
Otro día que fuimos de pesca, elegimos uno de nuestros lugares favoritos: un canal que baja desde un molino paralelo al río Arratia en el barrio Txiriboketa. Había muchas loinas, pero no tenían, como siempre, mucha ganas de picar. Parecía que iba a ser una tarde aburrida, cuando llegó un grupo de jóvenes de una asociación de cazadores y pescadores. Unos se pusieron con una red taponando el lugar en que el canal se junta con el río y el resto bajó apaleando el agua ahuyentando a los peces. Nosotros, en medio, no nos creíamos lo que estábamos viendo. En diez minutos, salieron con la red, la pesca abundante y pasaron a nuestro lado camino de una gran merendola de peces grandes, chicos y medianos: todo valía. Nosotros, que éramos muy cuidadosos con las medidas mínimas de las capturas, nos quedamos alucinados y con vergüenza ajena por lo que habíamos visto.

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